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Suenan los latidos

Nota al lector: este relato ocurre 100 latidos (1 mes) antes de El Despertar del Origen.

Hacía más de cinco mil latidos (un lustro) que Laskarina Bouboulina no pisaba la Tazenda que la había visto llegar al Origen hace tanto, tanto tiempo. Sería sólo una parada técnica en medio de un largo viaje pero, pese a que no lo reconocería nunca, tenía la esperanza de reencontrarse con algunos viejos conocidos de aventuras.

La realidad es que Bouboulina detestó Tazenda desde un primer momento, pues nunca se había sentido cómoda en esta ciudad repleta de conflictos y conformismo. Para ella, la obligación de cualquier morador debía ser descubrir cómo funciona el Origen y encontrar un modo de resistirse a él, no competir por quién manda más. Sin embargo, ahora estaba impresionada por lo que veía.

Nada más llegar con el coche a la ciudad, un grupo de soldados uniformados las guió hasta un recinto que en su recuerdo era un descampado fuera del eco. Aquello era nuevo, no sólo porque en su época ése lugar era una pocilga donde se hacían los trapicheos más turbios, sinó porque daba la impresión de que la ciudad estaba regida por algún tipo de ley marcial. Estaba claro que la Tazenda que ella había conocido ya no existía.

— Bouboulina, ¿Qué es este edificio? — dijo Joana, su inseparable compañera de viaje.

— No tengo ni la más remota idea —contestó Bouboulina sin salir de su asombro.

Delante suyo se erigía un imponente edificio gubernamental que sin lugar a dudas había sido construído recientemente. Los militares las guiaron hasta una plaza destinada a los mercados itinerantes y les permitieron dejar su vehículo allí. Como de costumbre, al salir del coche Joana y Bouboulina se dispusieron a cargar con todas sus cosas a cuestas, cuando un morador de piel escamosa les dijo que no se preocupen, que esta era una zona vigilada por la Confederación y nadie se acercaría al vehículo.

Las dos mujeres caminaron por las calles adoquinadas del centro. Para Joana aquella era su primera vez en la ciudad y no paraba de emocionarse con las decoraciones modernistas que le recordaban a su Lisboa natal. Bouboulina, en cambio, no podía evitar mirar con desconfianza todos aquellos uniformes azul marino, jamás había visto nada parecido en el Origen y no tenía claro qué pensar. Lo cierto es que comparado con la época de guerras entre clanes, se veía a la gente muy tranquila. No tardaron en llegar a la zona del mercado, justo pasado el puente. Allí se estaban abasteciendo de todo lo necesario para continuar su camino por el yermo, cuando, de repente, alguien les interrumpió.

— ¿Eres tú, Laskarina? — Al girarse, había una mujer asiática uniformada esgrimiendo una afable sonrisa. Junto a ella había otro soldado que vigilaba al gentío, y ambos parecían llevar llevar exoesqueletos en los brazos que emitían una tenue luz violácea por las juntas.

— No me lo puedo creer, ¡Aigiarne!—dijo Bouboulina mientras tiraba los bártulos a Joana para poder saludar a la mujer. Después de un efusivo abrazo señaló a Joana, que aún estaba haciendo cambalaches para que no se le cayese todo al suelo, y añadió—. Esta es mi amiga Joana, ambas estamos de camino al oeste para investigar las brumas que dicen han aparecido en el yermo desde el Cataclismo. ¿Sabes alguna cosa al respecto?

— No demasiado —confesó la tal Aigiarne—, se cuentan mil rumores pero por ahora no ha afectado a ningún territorio de la Confederación, por lo que no hago mucho caso de las habladurías —la mujer se quedó mirando divertida a Joanna antes de continuar—. Si no tenéis donde quedaros tengo sitio en casa para las dos. Ahora estoy de servicio, pero después del mensaje del Presidente hemos quedado con amigos para el Recuerdo a los Perdidos, si queréis podéis venir y nos ponemos al día.

Bouboulina miró a Joana, quien justo acababa de salir victoriosa contra la pila de bolsas, cajas y su propio pelo enmarañado, para ver qué opinaba de la propuesta. Como ya esperaba, la joven le dedicó una sonrisa que Bouboulina interpretó sin lugar a dudas cómo “venga tía, llevamos no sé cuántos latidos las dos solas conduciendo por el yermo y esto parece divertido. Además, así conozco a tus amigos y nos cuentan más sobre esos uniformes que les quedan tan bien”. Decididamente, las dos llevaban demasiados latidos juntas en ese coche.

Pasaron el resto del latido paseando por Tazenda y procurándose provisiones. Cuando fueron a cargar los suministros al coche vieron que el soldado escamoso tenía razón, la zona estaba permanentemente vigilada. Tanto era así, que el soldado que estaba de guardia las retuvo hasta que su superior dio permiso para que pudieran acceder al vehículo. Luego se fueron donde habían quedado con Aigiarne.

Como llegaron un poco antes, pudieron escuchar por la megafonía parte del discurso del Presidente; tenía una voz masculina, buena dicción y se notaba que lo había ensayado. En el discurso recordó a los que murieron durante el Cataclismo y agradeció a toda la población la confianza puesta en la Confederación. Pese a los lagrimones de Joana, a Bouboulina le pareció sólo un discurso correcto y profesional. Al poco, llegaron Aigiarne y sus amigos.

El restaurante estaba a petar de moradores, en todas las mesas había personas uniformadas junto a civiles riendo y charlando. El ambiente era distendido, pero ver tantos uniformes juntos ponía en tensión a Bouboulina. Pese a llevar mucho tiempo en el Origen, no podía evitar pensar en la época de ocupación Otomana que le tocó vivir en su realidad. Por suerte, a la que empezaba a ensimismarse, Joana conseguía arrancar una fuerte carcajada en la mesa con sus comentarios y todo volvía a la normalidad.

De repente, una de las mesas empezaron a hacer sonar las copas y contagiaron al resto de comensales del local. En pocos segundos se hizo el silencio, e incluso los camareros dejaron sus bandejas en las mesas. Un avestruz que llevaba un uniforme adaptado se puso en pie y los presentes siguieron su ejemplo. Estaba claro que era el momento de recordar a los muertos durante el Cataclismo.

Todos empezaron a recitar un poema que ni Bouboulina ni Joana conocían, así que guardaron silencio sorprendidas de ver que incluso los civiles lo conocían. El resultado de tanta gente recitando a la vez era cacofónico y apenas pudieron entender nada, pero el mensaje era contundente y claro: que lo único que podemos hacer por los muertos es hacer que se sientan orgullosos. Una vez finalizado, todos se sentaron y volvieron a lo suyo. El resto de la velada pasó de forma distendida y alegre.

Pasados un par de latidos, Bouboulina y Joana continuaron su viaje y, viendo sus sonrisas, estaba claro que a ambas les había sentado bien esa pequeña parada. Sin embargo, a medida que Tazenda se perdía en el horizonte, a Bouboulina le asaltó un profundo y contradictorio pesar. Por un lado, le alegraba ver que por fin la ciudad no estaba a la merced de bandas criminales, pero por el otro, había algo en el militarismo exacerbado de la Confederación que la ponía en tensión. Cómo siempre, fue Joana quien la sacó de ese estado.

— La próxima vez que volvamos a Tazenda tenemos que ir a un sastre —dijo Joana mientras peinaba su inmensa mata de pelo cobrizo—. ¿Viste lo bien que les sentaban los uniformes?

Imagen – Midjourney


Chains Larp
31 de December de 2024